Era una noche tibia, envuelta en el silencio inquietante de las afueras de Londres. El joven Walter Hartright caminaba solo por una carretera desierta, cuando de pronto, como surgida de la niebla, apareció una figura vestida completamente de blanco. Su rostro pálido y su mirada extraviada no eran de este mundo. No era un fantasma, pero tampoco parecía pertenecer del todo a la realidad.
Así comienza una historia que se desliza entre el misterio y la locura, entre la verdad y la impostura. La mujer de blanco, escrita por Wilkie Collins en 1859, no es solo una novela: es un laberinto de secretos, identidades robadas y conspiraciones que se entretejen con la precisión de un reloj suizo.
Walter, profesor de dibujo, ha sido contratado para enseñar a dos jóvenes en una mansión apartada: la dulce Laura Fairlie y su medio hermana Marian Halcombe, una mujer de mente aguda y espíritu indomable. Lo que parece una tranquila estancia se transforma pronto en una pesadilla cuando Laura es obligada a casarse con el baronet Sir Percival Glyde, un hombre cuya cortesía esconde una ambición sin escrúpulos.
Pero el verdadero titiritero es el conde Fosco, un villano tan refinado como peligroso, cuya inteligencia y sangre fría lo convierten en uno de los antagonistas más memorables de la literatura victoriana. Junto a Percival, urde un plan para despojar a Laura de su fortuna y su identidad, usando a la misteriosa mujer de blanco —Anne Catherick— como pieza clave en su juego.
Marian, decidida a proteger a su hermana, se convierte en detective, estratega y heroína. Su voz, junto con la de Walter y otros personajes, construye una narración polifónica que revela poco a poco los hilos ocultos de la trama.
La mujer de blanco no solo atrapa por su intriga; también plantea preguntas sobre la justicia, la locura, el poder masculino y la fragilidad de la identidad femenina en una sociedad que no perdona el error ni la diferencia.








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